Tenía el gran emperador Carlomagno una nietecita a quien quería mucho, Imelda. Como era muy curiosa, siempre estaba acosando a su augusto abuelo con preguntas sobre el porqué de las cosas. En su honor fundó Carlomagno la primera escuela en Aquisgrán. Cuando sus ocupaciones le dejaban libre, se personaba en la clase y él mismo hacía de profesor. A esta clase jamás faltaba Imelda. Un día el ilustre maestro anunció a sus alumnos que iban a traer los tres libros más bellos que en el mundo existen. Al día siguiente clavaron en él sus miradas desbordantes de curiosidad, sobre todo Imelda. El emperador sólo llevaba un libro y les dijo: «Aquí tenemos tres libros que nos hablan de Dios. El primer libro es el cielo, el segundo es la conciencia, y el tercer libro es éste: el Evangelio».
Aparte de los escritos del nuevo Testamento y de los evangelios apócrifos, hablan de Jesucristo y sus discípulos Plinio el Joven en una carta escrita hacia el año 112 dirigida a su tío el emperador Trajano; Tácito en sus Anales, escritos hacia el año 115; Suetonio, secretario de Adriano en sus Vidas de los Césares, hacia el año 120; Flavio Josefo, conocido historiador judío, en sus Antigüedades judías, del año 94, y el mismo Talmud de los judíos.
Pero sobre todo existen cuatro biografías de Jesús donde se narran su vida y sus milagros. Son los cuatro Evangelios que, si bien cada autor (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) lo escribió cada uno por su cuenta, narran la vida del mismo hombre y entre ellos no existe ninguna contradicción. Estos testimonios son de una importancia capital, por lo que hemos de saber con seguridad si verdaderamente son libros históricos, si relatan hechos que realmente ocurrieron o si acaso su pretendido fondo histórico está oscurecido por leyendas o adiciones. Veamos.
Un libro histórico merece fe cuando es auténtico, íntegro y verídico; es decir, cuando el autor del libro no sólo conoció los sucesos que refiere y no quiere engañar a sus lectores (libro verídico), sino que el libro fue escrito en la época y por el autor que se le atribuye (libro auténtico, no apócrifo), y ha llegado hasta nosotros sin alteración sustancial (libro íntegro). Pues bien, los cuatro Evangelios reúnen estas tres cualidades.
Son auténticos, en primer lugar, porque sólo un autor judío contemporáneo de Jesucristo o discípulo suyo inmediato pudo escribirlos, ya que Jerusalén fue destruida el año 70 y desterrada en masa la nación judía. Un escritor posterior no habría podido describir bien los lugares ni lo que sucedió. Los cuatro autores conocen muy bien los edificios y lugares de Jerusalén. La lengua original en que fueron escritos fue el griego vulgar, (no el griego clásico) abundante en hebraísmos, y escritos por un judío del siglo I. Sólo el primero de ellos fue escrito en otro idioma, en siro-arameo. Las descripciones históricas, geográficas y sobre los usos de los judíos, anteriores a la destrucción del templo de Jerusalén, coinciden con las de otros autores de aquel tiempo.
San Ireneo, nacido en Asia Menor y obispo de Lyon, testigo por tanto de la tradición de los cristianos de Oriente y Occidente, escribe a finales del siglo II: «Mateo publicó la escritura del Evangelio para los hebreos y en su lengua, mientras Pedro y Pablo evangelizaban y fundaban la Iglesia Romana. Después de su muerte, Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, nos comunicó, él también por escrito, las cosas que habían sido anunciadas por Pedro. Y Lucas, discípulo de Pablo, escribió en un libro el Evangelio que predicaba su maestro. Finalmente Juan, discípulo del Señor, el que se recostó sobre su pecho, él también, viviendo en Éfeso, publicó su Evangelio. No hay, pues, ni más ni menos que estos cuatro Evangelios. Como el mundo tiene cuatro partes, y son cuatro los vientos principales, así la Iglesia, esparcida por toda la tierra y que tiene por columna y apoyo el Evangelio y el espíritu de vida, se levanta sobre cuatro columnas incorruptibles que vivifican a los hombres. Es por tanto manifiesto que el Verbo nos ha dado el Evangelio cuádruple, que está dominado por un sólo espíritu (San Ireneo, Adversus haereses).
San Justino, en el siglo II, dirigiéndose al Emperador de Roma, menciona los Evangelios, que llama Memorias «escritas por sus apóstoles (del Señor) y por sus discípulos» (Diálogo con Trifón, 163), y al Senado romano le dice que estos Evangelios son leídos el domingo en las asambleas de los fieles, juntamente con los escritos de los profetas (Apología, I, 77).
También hace referencia a ellos el fragmento de un documento de la Iglesia Romana, hallado por Muratori en 1740 (Canon Muratoriano) en la biblioteca ambrosiana de Milán, datado entre los años 170 y 200. La pieza, mutilada, comienza por unas palabras que parecen referirse a San Marcos: «... a los cuales sucesos él asistió y después los escribió. En tercer lugar, el Evangelio según Lucas, médico y compañero de Pablo... En cuarto lugar del Evangelio de Juan de entre los discípulos».
Hay muchos otros testimonios sobre los Evangelios y sus autores (la Didajé, san Clemente Romano, san Policarpo, Papías, obispo de Hierápolis, etc.). Es imposible atribuir a otros autores los cuatro Evangelios, pues si hubiese habido engaño en vida de los Apóstoles, éstos hubieran reclamado, y si hubiese sido después de su muerte, se habrían opuesto los Obispos, atentos a conservar la pureza de la fe; se habrían opuesto asimismo los judíos convertidos, pues veían los Evangelios igualados en dignidad al Antiguo Testamento; y los gentiles convertidos, que debían observar una vida de abnegación fundada en esos libros, y los paganos, que así habrían desenmascarado el cristianismo. No lo hicieron con los cuatro Evangelios; en cambio, desautorizaron los Evangelios apócrifos.
Los Evangelios son íntegros. Los textos originales de ellos y de los demás libros del Nuevo Testamento estaban escritos en papiro, es decir, en materia frágil, por eso los manuscritos han desaparecido. No quedan actualmente sino copias del texto original. Estas copias están hechas en pergamino o en papiro. Los ejemplares en pergamino o códices tienen generalmente la forma de nuestros libros actuales. Los descubiertos hasta hoy pasan de 2.300, de los que muchos de ellos se remontan hasta el siglo v y dos hasta el siglo Iv. Los dos códices más antiguos son el Vaticano, conservado en la Biblioteca Vaticana, y el Sinaítico, hallado por Tischendorf en el Monasterio Griego del monte Sinaí y conservado en San Petersburgo. Los ejemplares que se conservan en papiro pasan de 10.000 y no contienen más que fragmentos del texto original.
Comparado con cualquier autor antiguo, profano o sagrado, el texto griego actual del Nuevo Testamento goza de una situación privilegiada. «En el campo de la literatura clásica, observa Streeter, la principal dificultad del crítico estriba en lo raro y moderno de los manuscritos, exceptuados unos pocos autores sumamente populares. Así, ninguna parte de Tácito ha llegado hasta nosotros, a través de la Edad Media, en más de un manuscrito; escasamente media docena de manuscritos es el número mayor que han logrado las obras más famosas. Fuera de pequeños fragmentos de los manuscritos griegos clásicos no hay uno solo anterior al siglo XII. En cambio, en los Evangelios el trabajo para el crítico está del lado opuesto. Poseemos más de 2.300 manuscritos griegos, de los cuales más de 40 alcanzan sobre mil años de existencia, hay además más de 1.500 leccionarios, que contienen la mayor parte del texto de los Evangelios, distribuido en lecciones para todo el año. Existen quince versiones en idiomas antiguos, que dan fe del texto griego que tuvieron a la vista los traductores. Añadamos las citas de los Padres antiguos, que son fragmentos de otros manuscritos antiguos perdidos para nosotros. La masa de trabajo es abrumadora. Síguense, pues, dos conclusiones: por un lado es muy grande a primera vista la certeza que tenemos de que el texto primitivo nos ha sido trasmitido correctamente en sus principales líneas; por otro lado, es muy complejo el trabajo de determinar los detalles minuciosos que interesan a los críticos» (B. H. Streeter, The Four Gospels).
¿Se han introducido adiciones o supresiones con el paso del tiempo? Hort, uno de los más seguros críticos del siglo xix, resumía así la labor investigadora llevada a cabo por él y por su colega Wescott durante veinticinco años: «Siete octavas partes de las palabras del nuevo Testamento están fuera de duda. La octava parte restante la forman principalmente cambios en la colocación de las palabras o diferencias insignificantes. De hecho, las variaciones sustanciales son muy pocas y pueden calcularse en menos de la milésima parte del texto» (Hort, The New Testament in the original Greek). Por lo que «podemos abrigar una confianza firme, fundada científicamente, de que, a despecho de todas las vicisitudes de trasmisión, poseemos fielmente, en sustancia, en nuestros textos impresos actualmente el mismo texto que los Evangelistas entregaron al mundo hace diecinueve siglos en rollos de papiro (cfr. H. Cladder, Unsere Evangelien).
Hay que decir, además, que fue imposible toda alteración sustancial de los Evangelios, pues eran leídos por todos y custodiados con veneración; muchos cristianos murieron antes que entregarlos a los infieles. Si alguien los hubiera alterado hubieran protestado no sólo los obispos, sino todos los fieles.
Los Evangelios son verídicos, Libro verídico es aquel que dice la verdad, que no contiene error alguno en lo que refiere. Para ello es necesario que el autor sea competente, es decir, que no se engañe acerca de los sucesos narrados, y que sea veraz, que no engañe. Pues bien, los evangelistas son competentes, pues dos de ellos, Mateo y Juan, son testigos oculares, siendo San Juan especialmente íntimo de Jesús, quien le confía su Madre. Los otros dos son discípulos inmediatos de los Apóstoles, que fueron testigos oculares. San Marcos «acompañaba a San Pedro y se sabía de memoria lo que el Apóstol repetía, y eso es lo que puso por escrito» (así lo cuenta San Clemente de Alejandría, citado por Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica). San Lucas, discípulo de San Pablo, declara en el principio de su Evangelio, dirigido a Teófilo, que ya que varios habían intentado escribir la historia de las cosas que habían pasado, conforme a las enseñanzas de aquellos que desde el principio lo vieron por sus ojos y eran ministros de la palabra, él quiere hacer lo mismo para que Teófilo conozca la verdad de las cosas que le han enseñado. Así Teófilo puede comprobar la verdad de lo que escribe San Lucas, ya preguntando a los testigos oculares y ministros de la palabra, ya consultando las otras narraciones escritas.
Los hechos que refieren los cuatro evangelistas eran recientes y realizados a la vista de todos, por lo que si se hubieran engañado a sí mismos los habrían desacreditado los cristianos y los judíos por contar errores. Tampoco pretendieron engañar, pues eran hombres sencillos, irreprochables. Puntualizan hechos, lugares, testigos y no callan sus propios defectos ni las reprensiones recibidas del divino Maestro. Los relatos evangélicos son de una gran sobriedad: nada de exageraciones fantaseadoras, nada de apreciaciones personales; cuentan lo que saben y nada más. Además no tenían ningún interés en engañar; lejos de perseguir ventajas humanas, sólo consiguieron en el mundo menosprecios, persecuciones y el martirio. Y como decía Pascal, «creo con más facilidad las historias cuyos testigos se dejan degollar en comprobación de su testimonio» (Pascal, Pensamientos).
Si la verdad central contenida en los Evangelios es que Cristo es Dios, y por tanto toda su vida y sus enseñanzas son revelación de Dios a los hombres, no es de extrañar que quienes pretendan rebajar la doctrina cristiana a una religión más, negando su carácter divino, afirmen que esas cuatro biografías de Jesucristo son fruto de alucinaciones, fruto de la idealización de Jesús de Nazaret, a Quien sus seguidores atribuyeron unos prodigios y unas palabras que ni dijo ni realizó. Para ello han distinguido el Cristo histórico, Jesús de Nazaret, que realmente vivió y murió en Jerusalén, del Cristo de la fe, el inventado, que sólo existe en la fe, en la imaginación de los primeros cristianos y en las de todos los tiempos; un Cristo al que se le atribuyen milagros tales como el de su resurrección. Sin embargo, esta distinción contraría los datos de la crítica histórica, que muestra claramente que hay que atribuir las profecías y milagros a aquel Jesús que vivió hace dos mil años.